Cuando una circunstancia irrumpe en nuestras vidas llevándose por delante nuestra rutina, cotidianidad, tranquilidad y forma de vida, cualquier cosa que nos deje pudiera parecer únicamente negativa. Cuando, además, esta circunstancia es un ente microscópico que ha puesto en jaque a toda la humanidad y ha causado ya miles de muertes, los temores, miedos y la tristeza se apoderan por momento de nosotros. 

Esta circunstancia actual, nos cambiará a todos; tanto a aquellos que la vivirán en primera persona enfermando o perdiendo a algún familiar directo, como a aquellos que la vivirán desde el refugio de su confinamiento personal esperando que todo esto acabe. Y mientras tanto, en la mente de todos, el deseo unánime de superar esto juntos, como individuos, como sociedad y como humanidad. Ahora más que nunca, afloran nuestros sentimientos de gratitud, empatía, solidaridad, y amor y respeto al prójimo. 

Cuando deseamos con fuerza que esto acabe, debemos preguntarnos el para qué lo deseamos. Al tratar de responder, sonreímos ante las situaciones más simples que evocamos; para ver de cerca la sonrisa de nuestros padres e imaginar sus lágrimas de emoción al volver a vernos, para poder abrazar a nuestros hermanos, familiares y amigos, para poder salir a pasear con nuestros hijos, … ¿y el escenario? Eso ya no importa. Quedaron en un segundo plano el dónde y el cómo; si en un restaurante de gran renombre o en el bar de la esquina, si en el jardín con piscina de una gran casa o en el más pequeño de los apartamentos. 

A muchos de nosotros este pequeño virus nos ha puesto en jaque personal, haciéndonos diferenciar de una vez por todas entre nuestros anhelos o deseos que, aunque lícitos, son superficiales y materiales y nuestros valores que son las razones reales por las que vivimos y queremos seguir haciéndolo.

Aprovechemos al máximo este momento de parón para identificar y valorar realmente las razones que llenan nuestro PRESENTE y que deseamos fomentar en nuestro FUTURO y que tal vez hubiéramos olvidado en nuestro PASADO.

Sandra Polo, alumna del centro Coaching Sostenible